Hay días en los que las noticias parecen sacadas de una novela de ciencia ficción. McKinsey, el gigante de la consultoría, ha anunciado el despido de cerca del 10% de su plantilla. No es una simple corrección de costes, sino una señal de que la inteligencia artificial está haciendo tambalear los cimientos de un modelo que parecía inquebrantable.
La asimetría de información fue durante mucho tiempo el as bajo la manga de las consultoras. Pero ahora, cualquier directivo con un ordenador puede acceder a análisis que antes requerían ejércitos de analistas. La inteligencia artificial está democratizando el acceso al conocimiento, y con ello, vaciando de contenido el viejo modelo de consultoría.
Lo curioso es que no es solo una cuestión de automatización, sino de una comoditización del núcleo mismo del negocio. La estrategia ya no es cara, y el verdadero desafío es llevarla a cabo. En este nuevo escenario, las organizaciones se enfrentan al «implementation gap», esa brecha entre la promesa y la ejecución que puede convertirse en una amenaza existencial.
Las empresas que están avanzando en su transformación digital buscan socios que no solo diseñen estrategias, sino que las ejecuten. Integradores tecnológicos, equipos mixtos que combinan ingeniería y gestión del cambio, y capacidades internas reforzadas son ahora las claves del éxito. La consultoría tradicional, con su enfoque en el pensamiento y no en la acción, está condenada a adelgazar o desaparecer.
La lección es clara: en un mundo donde la ventaja competitiva se refuerza con el tiempo y el uso, no ejecutar rápidamente equivale a quedarse fuera del juego. La consultoría que no sepa ejecutar está jugando un juego que no puede ganar, y las organizaciones que no lo entiendan están asumiendo un riesgo que podría costarles caro.

