En un rincón silencioso de la noche, mientras el mundo duerme, hay quienes buscan respuestas en una pantalla. La Inteligencia Artificial, ese amigo silencioso que siempre está ahí, para muchos se ha convertido en un confidente, un psicólogo improvisado. Javi, un joven que prefiere mantener su anonimato, sabe bien de qué va esto. A él, la IA le sirvió para el trabajo, pero advierte de sus peligros, sobre todo para los más jóvenes. «No resuelve nada», dice. Y uno se imagina esos momentos solitarios donde se busca una respuesta que nunca llega.
La IA, como Google en su día, ha irrumpido en nuestras vidas con fuerza. Pero a diferencia de aquellos días, ahora la llevamos en el bolsillo. Y ahí está el problema. La generación Z, que ha nacido con el móvil en la mano, la usa para todo: desde buscar apoyo emocional hasta resolver problemas de ansiedad. Sin embargo, como advierte Jesús Muñoz de Ana, la IA nunca podrá reemplazar la atención humana. Y no puedo evitar preguntarme: ¿estamos perdiendo nuestra humanidad en el proceso?
Carlota Tamayo, psicóloga, lo lamenta: cada vez son más los jóvenes que llegan a su consulta después de haber hablado con una IA. Buscan compañía y respuestas que no encuentran en la vida real. Pero la IA, por mucho que lo intente, no puede ofrecer eso. Sus respuestas son estandarizadas, y a la larga, perpetúan la ansiedad. Y entonces, ¿qué hacemos? La clave, dicen los expertos, es educar en inteligencia emocional, algo que no se consigue con una máquina.

