En un mundo donde la soledad parece haberse convertido en una epidemia, la inteligencia artificial se presenta como un curioso compañero de viaje. Estos «amigos» virtuales prometen llenar el vacío que dejan las relaciones humanas auténticas, pero, ¿realmente pueden hacerlo?
Recordemos cómo Facebook transformó la palabra «amigo» en algo que podías tener en cientos, pero sin el calor humano que realmente define una amistad. Ahora, la inteligencia artificial amenaza con hacer lo mismo con la compañía. Mark Zuckerberg, siempre un paso adelante, ha identificado una nueva oportunidad de mercado en nuestra necesidad de conexión. Pero, ¿puede una máquina ofrecer lo que buscamos en una verdadera amistad?
Ciertamente, hay usos para estos compañeros de IA que parecen inofensivos. Desde juegos hasta terapia, pasando por la evocación de recuerdos de seres queridos que ya no están. Sin embargo, en el fondo, la verdadera compañía es algo que no puede ser sustituido por algoritmos y líneas de código.
La tecnología ha sido diseñada para ser útil y agradable, pero la verdadera amistad no está en la utilidad. Como decía Michel de Montaigne, la compañía es valiosa por sí misma, no por lo que pueda ofrecer. Los amigos de IA prometen una interacción sin los desafíos que supone la compañía real, y ahí radica el problema: son un solipsismo disfrazado de interacción.
Entonces, ¿qué nos queda? Tal vez sea hora de volver a lo básico, de buscar conexiones reales, de apreciar las imperfecciones y desafíos que vienen con las relaciones humanas. Así que, en estas fiestas, hagamos un esfuerzo por ver a la gente, por ser amables, por dejar el teléfono y conectar realmente. Porque al final del día, la verdadera compañía es insustituible, y eso es algo que la inteligencia artificial nunca podrá replicar.

