¿Alguna vez te has parado a pensar en el impacto que la inteligencia artificial podría tener en la calidad de los profesionales del futuro? No, no estoy hablando de robots quitándonos el trabajo, sino de algo más sutil y, quizás, más peligroso: la creación de expertos que, en realidad, no lo son. La idea me recuerda a esa historia de los arenques noruegos que, al desaparecer los peces veteranos, olvidaron sus rutas migratorias. En el mundo laboral, algo similar está sucediendo.
Hoy en día, las herramientas de IA son capaces de generar resultados sorprendentes. ¿Qué pasa entonces? Pues que esta generación de trabajadores, muy hábil en la producción de informes impecables, se encuentra perdida cuando tiene que explicar los fundamentos de su propio trabajo. ¿Suena familiar? Steven Schwartz, un abogado de toda la vida, presentó un informe jurídico que parecía salido del mejor bufete, hasta que un juez notó que los casos citados eran completamente inventados por una IA.
Lo curioso es que esto no es un caso aislado. Alrededor del mundo, se han documentado cientos de situaciones similares. Las empresas, que inicialmente pensaron que la IA sería su salvadora, están comenzando a darse cuenta de que la calidad humana sigue siendo insustituible. Klarna, por ejemplo, despidió a cientos de empleados para luego volver a contratarlos tras darse cuenta de que la IA no estaba a la altura.
La cuestión no es solo que la IA cometa errores; el verdadero problema es la confianza ciega que depositamos en ella. En las aulas, por ejemplo, veo cómo mis estudiantes entregan trabajos que son una obra maestra del corta y pega digital, pero cuando les pido que expliquen su razonamiento, se quedan en blanco. La IA les ha convencido de que son competentes, cuando en realidad solo están siguiendo el dictado de un algoritmo.
En definitiva, la inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa, pero sin la debida comprensión y experiencia humana, se convierte en una trampa de la que muchos apenas son conscientes. La experiencia no puede ser subcontratada a una máquina, y es ahí donde radica el verdadero desafío. ¿Estamos dispuestos a renunciar al aprendizaje por la comodidad de la automatización?

