En 2025, Silicon Valley vivió su propia fiebre del oro, pero en vez de pepitas doradas, el tesoro era la inteligencia artificial. La pregunta que flota en el aire es si 2026 será el año en que esta burbuja estalle. Las inversiones en IA han sido colosales, pero los frutos no han sido los esperados. La productividad no aumenta y los cuellos de botella en semiconductores y energía están a la orden del día. ¿Estamos ante un espejismo tecnológico?
Varios expertos ya han alzado la voz: los modelos de lenguaje, como ChatGPT, no nos llevarán a una inteligencia general. La inteligencia humana es social y emocional, algo que estos modelos no pueden replicar. Es un recordatorio de que la IA, por mucho que lo intentemos, no es más que una herramienta, no un fin en sí misma.
La excelente versión de «Frankenstein» de Guillermo del Toro en 2025 plantea una reflexión similar. En ella, la creación artificial de inteligencia se pone en duda. Al igual que el monstruo de Shelley, la IA de Silicon Valley carece de empatía. Y es que, como bien dice la película, no hay inteligencia sin sentimientos. Silicon Valley, en su búsqueda de beneficios, parece haber olvidado esto. La inteligencia artificial, tal como se está desarrollando, no busca cooperar, sino reemplazar. Y ahí es donde radica el verdadero monstruo: en la falta de humanidad de quienes la crean. Así que, señores de Silicon Valley, recuerden: no todo lo que brilla es oro.

