Ah, la eterna promesa de la tecnología: liberarnos del yugo del trabajo. Desde los telares mecánicos hasta los algoritmos de inteligencia artificial, se nos ha prometido una y otra vez que podríamos trabajar menos. Pero, ¿realmente ha sido así? La historia nos cuenta otra cosa.
Pensemos en el siglo XIX, cuando trabajar doce o catorce horas diarias era lo habitual. Fue la presión sindical la que logró reducir la jornada, no la tecnología. De hecho, el paso de 48 a 40 horas semanales en Europa fue producto de luchas sociales, no de avances tecnológicos. Y ahora, con la IA en escena, vuelve el debate. Empresas pioneras hablan de semanas de cuatro días gracias a la automatización, pero, ¿es esta la norma?
Tomemos el caso de Francia, donde la semana laboral de cuatro días a menudo significa comprimir la misma cantidad de horas en menos días. La fatiga y el estrés se disparan, y la promesa de tiempo libre se queda en el aire. Islandia, en cambio, nos muestra un camino más esperanzador, donde la reducción de horas fue real y no afectó la productividad. Pero, ¿qué lo hizo posible? Acuerdos sindicales y una inversión seria en tecnología.
Y aquí estamos, en un momento crucial en España, donde se ha propuesto reducir la jornada a 37.5 horas. Pero ojo, que la verdadera transformación aún parece lejana. La clave está en la regulación y en la negociación colectiva. Sin ellas, el riesgo es que la reducción se convierta en una excusa para flexibilizar a costa de las condiciones laborales.
La historia nos enseña que los avances tecnológicos solos no garantizan mejoras laborales. La IA ofrece potencial, sí, pero sin políticas públicas y mediaciones sociales, podría ser una herramienta más al servicio del capital. La verdadera pregunta es: ¿cómo decidiremos usar esta poderosa herramienta? ¿Para un futuro más humano o para perpetuar desigualdades?

