A veces, las grandes revoluciones tecnológicas vienen con sorpresas que no esperabas. La inteligencia artificial (IA) es una de ellas. Nos ha facilitado la vida, sí, pero ¿a qué costo? Resulta que su consumo de agua es un secreto a voces que no todos conocen. ¿Sabías que esos centros de datos que sostienen las maravillas de la IA son auténticos devoradores de agua?
Estos centros, con miles de servidores, son como monstruos insaciables que necesitan ser refrigerados para funcionar. Y lo hacen, en parte, evaporando agua. Y no es poca cosa. Se estima que entrenar un modelo como ChatGPT consume millones de litros solo para enfriarse. Cada veinte respuestas que recibimos de él, un litro de agua se ha evaporado. ¿Increíble, verdad?
Pero no solo el funcionamiento es el culpable. La fabricación de los chips que usamos también tiene su parte en esta historia: cada chip, unos 8.000 litros de agua. Y si a eso le sumas el agua para el personal, la limpieza, y demás, la huella hídrica se dispara.
Así que, ¿cómo podemos mitigar esto? Buscando estrategias más eco-amigables, claro. Ubicar centros en lugares con climas húmedos, o apostar por energías renovables. Y, por supuesto, exigir reglas claras y transparentes sobre el consumo de agua. Porque al final del día, la pregunta es: ¿podemos permitir que nuestra sed de innovación se beba el futuro del planeta?

