Taiwán, esa pequeña isla que parece tener el mundo en sus manos, al menos en términos tecnológicos. En una conferencia reciente, la expresidenta Tsai Ing-wen describió el «escudo de silicio» de la isla, un término que suena casi a película de ciencia ficción. Pero no hay exageración aquí. La industria de semiconductores taiwanesa es crucial para la economía global. Imaginen que TSMC, un gigante en la fabricación de chips, produce el 90% de los chips lógicos más avanzados. ¡El 90%! Es una locura.
La demanda de semiconductores es tan alta que hasta Jensen Huang, de Nvidia, ha tenido que visitar Taiwán para asegurarse de que su compañía obtenga los chips necesarios. La IA está intensificando esta dependencia global de la isla. Y no es solo Nvidia; las grandes tecnológicas dependen de los productos taiwaneses como nunca antes.
Pero, ¿qué pasa si algo interrumpe esta cadena? Las estimaciones sobre el impacto económico son alarmantes, con proyecciones de una recesión global del PIB de hasta un 10%. No es una broma. Taiwán se ha convertido en un pilar de la economía digital, y su papel solo aumenta con cada avance en IA. Es un recordatorio de lo interconectados que estamos y de cómo un pequeño punto en el mapa puede tener un papel tan desproporcionado en el destino económico del mundo.

